5 teclas que impiden la comunicación

El teclado es una herramienta fundamental de la vida contemporánea que, en manos equivocadas, puede convertirse en un arma de comunicación disruptiva. Y no hablamos de quienes pasan por alto el uso de tildes. Vamos más allá. Vamos a detalles más específicos que pueden convertir una conversación por chat en un infierno o un correo electrónico en SPAM.

El extremista de la arroba

Todo comenzó con las casas de “informática” y los finados cibercafés que, deslumbrados por la aparición del correo electrónico, comenzaron a nombrar cada negocio con nombres como “conect@2” o “@rrob@”. Es cierto que corrían otros tiempos y que vivíamos otro modelo de país, dominado por la mafia de los juegos en red.

Pero en poco tiempo la arroba reencarnó. Una horda de personas encontró en ella una aliada en su búsqueda interminable por llevar lo políticamente correcto a nuevos límites. Este conglomerado humano encontró en la arroba una versión sintetizada del redundante Todos y Todas, Amigos y Amigas, Uruguayos y Uruguayas. Para ellos, la arroba representa el santo grial, la síntesis perfecta de la a y la o como representantes de cada género. Pero el abusador de la arroba siempre termina mal, básicamente porque vive en un mundo en el que las palabras se escriben pero no se pronuncian. Díganme si no, ¿cómo se pronuncia la palabra “tod@s”?

El Bloq Mayús trabado

Muy frecuentemente nos llegan correos electrónicos que disparan este pensamiento: ¿la persona que me escribe carecerá de la tecla Bloq Mayús? Es una pregunta válida que se responde fácilmente. Por lo general la respuesta es no, la tecla está en su lugar, casi inmaculada, pues rara vez es pulsada por su dueño. Lo peor de todo es que el demente de las mayúsculas suele no entender la causa de nuestro enojo y se pregunta qué nos molesta tanto. Es difícil de explicar, pero digámosle que más allá de cierta picazón visual que nos produce, la verdadera razón por la que no toleramos las mayúsculas continuas es la misma razón por la que no soportamos que nos griten.

Un problema de larga data

El Paréntesis o la huella del cronista cultural

Así como Alicia Silverstone estará por siempre pegada a los 90’s, el uso abusivo de los paréntesis está adherido al ADN del cronista cultural. Palabras como (d)escribir, (re)pensar, (pre)escribir, (des)localizar son moneda corriente en ese gueto.

El uso del paréntesis de esa manera nos recuerda a esas personas que aprenden a silbar recién a los veintiocho años. Inmediatamente comienzan a silbar sin pausa desde el “feliz cumpleaños” hasta el himno nacional. Algo similar les ocurre a los periodistas culturales, a sus aspirantes y a sus lectores, que se apasionan con el uso de los paréntesis y empiezan a escribir todas las oraciones con recursos como: “Las (re)escrituras de la (des)contextualización (de)construida”. Detrás de un abusador del paréntesis se esconden personas ambivaletes, indecisas, que se viven atajando, y que no tienen clara la línea divisoria entre un juego de palabras y el ingenio.

La emoción exagerada

-¿Cómo está afuera?

-Está nublado!!!!!!!!!! Y me cagó un pájaro!!!!

Ese diálogo es lo normal. El partidario de utilizar signos de exclamación en cada comentario, parece vivir en un frenesí constante y vibrar con cada detalle. El problema que causa intercambiar mails o conversaciones por chat con esa persona, es que cuando pasa algo verdaderamente grandioso, que sí amerite una exclamación, no le quedan más armas. Por eso, es posible que para demostrar verdadera emoción recurra al temido alargamiento de las vocales: “¡¡¡Felicitaciooooooooones!!!”. Por eso, tené cuidado, porque si este mal te ataca, es posible que seas un adicto a la coca cola, una locutora de FM o Mariano Iudica.

!!!¡¡¡¡AHHH!!!HH!!! LASMALVINASSONNUESTRAAAASSSSSSSS!!!

El autista del emoticón

El emoticón, que la mayoría de los humanos emplea para matizar un comentario o emitir una reacción que no diga nada, cuenta con un ejército de fundamentalistas que llevan esa combinación de teclas a niveles de complejidad incomprensible. Hay dos clases de adictos al emoticón: el que los emplea porque no tiene palabras que expresar, y el que los usa de una manera sofisticada. El primero se limita a pocos comandos. Una sonrisita, una lágrima, una sacadita de lengua. Su mundo se termina allí. El otro, el sofisticado, se enreda en su propia madeja. Intenta generar emoticones de estados y emociones tan específicas, que el dialogante se pierde. El demente te tira un  (:-|>=) para decir “eso que me decís me despierta sentimientos encontrados que apenas puedo descifrar” o un .-( para expresar “me tiraron una piedra y quedé tuerto”. Con el tiempo va construyendo su propio código morse y sustituyendo las palabras por comandos irreconocibles. Finalmente pierde la capacidad de hablar y en las conversaciones cara a cara ensaya muecas rarísimas que muy poco tienen que ver con la cordura.

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