La sociedad de los hombres parados

Es sábado a la noche y te estás preguntando qué hacés mirando a un hombre que, parado al lado de una silla, micrófono en mano, cuenta historias poco felices sobre su falta de sexo, su complejo de Edipo y de cómo su hamster le pega. Estás viendo un show de stand up, una forma de entretenimiento muy de nuevo uruguayo que, como no podía ser de otra manera, nos llegó con un par de décadas de atraso.

Si no miraste Seinfeld en los noventa, si sos de los que cree que la chica Sabrina es el máximo exponente de la agudeza e ingenio actuales, o si hace demasiado que no salís de adentro del tupper, te vamos a contar por qué está tan de moda pararse frente a mucha gente y humillarse a cambio de algunas sonrisas.

El cavernícola moderno

En la época de las cavernas las hembras iban detrás de los machos alfa. Estos eran musculosos, ágiles, fuertes, buenos cazadores. Una cruza entre Tarzán y Ricardo Fort que hoy en día mediría alto en el gaydar. En la era del entretenimiento las prioridades pasan por otro lado. Ninguna mujer se sentirá cautivada ante la ofrenda de un jabalí para cocinar, pero si será seducida por una frase lo suficientemente graciosa como para hacerle despegar la vista del smart phone. El macho alfa proveedor del siglo XXI tiene que divertir más que un Xbox 360. Esa es su misión.

Un modelo anticuado.

En los vestuarios de hombres ya nadie se pelea por quién la tiene más grande. Tenerla más grande, en la actualidad, es sinónimo de meter un remate certero en el momento justo; en tanto, el equivalente al gimnasio es pasarse la tarde entera mirando a Louie en Youtube. De esta manera, el ritual de seducción dejó de ser una instancia para vanagloriarse y se convirtió en una ocasión de vilipendio autoinfligido; una especie de terapia pero mucho mejor, porque exorcizás problemas y encima cogés, cosa que con el psicólogo imposible.

El nuevo Coliseo

En la época de los romanos los espectáculos más concurridos eran aquellos en que los hombres peleaban a muerte contra animales feroces que también luchaban por sobrevivir. Hoy esto es imposible, ya que está prohibido por todo el tema ese de los derechos de los animales. Así que nos quedó el hombre solo, ahí, en medio del escenario, luchando contra sí mismo. El espectáculo romano de la actualidad es el de ir a ver a un hombre sudando, pasándola mal, sufriendo, tratando de hacer reír de manera desesperada como si de ello dependiera su supervivencia.

¡Tortura! Ni arte ni cultura.

Y como para toda causa existe una ONG, también los comediantes tienen sus defensores. Grupos de jóvenes hippillas que se desnudan los jueves frente a Mess Bar pidiendo que no se hagan más espectáculos de stand up, mientras portan carteles con fotos de standaperos y leyendas tales como “para que vos te rías él pasó una semana sin ponerla, no es gracioso”.

Un problema social

Más allá de los derechos de estos comediantes, uno de los temas que más preocupa a los ciudadanos en la actualidad es la abundancia de standaperos amateurs. Esta epidemia que está destruyendo las mentes de nuestros jóvenes con mayor ferocidad que la pasta base, se está expandiendo con una velocidad alarmante. Están en todos lados. Estamos rodeados de graciosos. Es como tener al compañerito del fondo de la clase sentado al lado todo el tiempo. Desde el guarda de Cutcsa, a la recepcionista de la oficina y los enfermeros de La Española; no estamos a salvo en ningún lado. ¡Y Bonomi que no hace nada!

Las cosas se van de las manos cuando el amor por el stand up hace que algunos se olviden de que trabajan en una funeraria o los lleva a ensayar su rutina contigo, mientras te están haciendo una diálisis. En ese momento podemos concluir que, entre los ángeles de la muerte y los ángeles del humor, preferimos a los primeros. Así que, para finalizar, pedimos a la población de manera encarecida que ayude a los comediantes de stand up wannabe a volver a Facebook y a Twitter, a donde pertenecen. Ayudémoslos a dejar las calles para que poco a poco podamos convertir a nuestra ciudad en un lugar más seguro para nuestros hijos.

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