Cómo ser cool si te gusta el fútbol*

La tasa de analfabetismo en un recital del Indio Solari o de Buenos Muchachos puede medirse según la cercanía al escenario. En las primeras filas suelen amontonarse los espíritus más elementales, empecinados en corear la vocal “o” cuando viene el estribillo. Mientras que estos individuos se encuentran en una fase imitativa y gozan al cantar por encima del cantante; más atrás, en concentrado silencio, la selecta minoría contempla con atención la olímpica poesía que transmite el cantante.

Lo mismo sucede con el fútbol. Las hordas primitivas dominan las tribunas. Son los dueños de la pelota. Se mueven en patotas. Arrasan con todo a su paso. En pleno éxtasis tribunero, incluso, dejan de mirar el partido,  le dan la espalda al juego y se vuelven los protagonistas de la escena. Son los autoproclamados hinchas y se los reconoce por los infaltables tatuajes del escudo y de la vieja, o de la vieja con un escudo, o de un escudo con el color de tinta del pelo de la vieja, y tantas otras combinaciones.

El tesoro de los inocentes

Lejos de esta muchedumbre se ubica la minoría “pensante” que observa el juego en silencio y que celebra las jugadas de su equipo como complejas estrategias intelectuales. Además, al igual que los aficionados cultos de aquellas bandas, ellos  también encuentran poesía en el juego, más precisamente en los jugadores con mejor técnica, a los que llaman, justamente, líricos. Por eso, sentirse atraídos por la más popular de las pasiones les genera una incomodidad insoportable, tan grande como la culpa que sienten cuando se les contagia el cántico de la hinchada.

Para resolver esa tensión, ellos han intentado varias soluciones que, durante algún tiempo, dieron sus frutos. Si bien hoy ya no tienen vigencia, es necesario repasarlas para buscar nuevas alternativas. El primer intento por diferenciarse de la manada fanática fue convertirse en “simpatizantes de toda la vida” de equipos chicos. Este corrimiento nunca ha sido drástico porque en el ámbito futbolístico -a diferencia del político- está muy mal visto contradecirse y ser inconsecuente. Por lo general comenzaban a vivir una doble vida, siguiendo al tradicional equipo grande pero corriéndose de a poco hacia un cuadro más “de barrio”. Siempre aducían  motivos sentimentales, pero todo el mundo sabía que era un cambio calculadamente racional.

Una estrategia obsoleta

Otro camino ha sido explotar el costado intelectual. Para distinguirse de la masa se volvían dominadores de estadísticas y expertos en datos inútiles. La manera más sencilla de pasar por docto era repetir experimentos estadísticos y profesar un amor incondicional por los porcentajes.

Por último, también estaban aquellos que reivindicaban aspectos irónicos y retro del deporte. La maniobra más evidente consistía en glorificar jugadores olvidados de décadas pretéritas. Cuanto menos laureado el jugador, mejor. Automáticamente, se dejaban crecer el mismo bigote y asaltaban los second hand shops en busca de los mismos shorts de antaño, que para entonces se habían vuelto vintage.

El predecible recurso vintage

Pero todas estas soluciones perdieron toda vigencia en el momento en que el fútbol dejó de ser el reducto de malevos y bohemios, para convertirse en entretenimiento para toda la familia, en un souvenir que no inquieta a nadie y en un fetiche de la patria. Eso complicó las cosas para el cool que gusta del deporte. De pronto, el cegado fanático prehistórico dejó de ser el enemigo de siempre y el frente de batalla se volvió inmanejable. Hoy, la abuela y la nieta prefieren ver SportsCenter antes que a Susana Giménez. Hoy, el enemigo tiene mil caras. Hoy, el enemigo es la sociedad.

Entonces te preguntarás cómo ser cool si por dentro te corre el bichito del fútbol, el mismo bichito que le corre por dentro a toda la sociedad. Bien, déjame decirte que cuando un fenómeno llega a este lugar, deja de estar a la merced de la aprobación cool o no. Es como los Beatles: te pueden gustar más o menos, pero no podés hacer de tu postura ante ellos un estilo de vida. Es demasiado obvio. Por eso, si querés diferenciarte, olvidate del fútbol y entregate a deportes aún no alcanzados por el calor popular ni por las comadrejas intelectuales, como la carrera de embolsados, el mikado profesional, el yoga con radares o el tenis para mancos. Ahí está la respuesta.

Ojo al gol: siempre queda la posibilidad de dar el paso más inconsciente: convertirte en periodista deportivo e ingresar en un trastornado estado del ser en el que la palabra cool ni siquiera existe. 

*Publicado originalmente en Jota #8

Pasá por acá por más consejos sobre cómo ser cool

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