5 tipos de peces que van quedando en el mar

Siempre me costó entender los dichos con metáforas de animales. “Perro que ladra no muerde” me suena a mentira y eso de “buscarle la quinta pata al gato” me parece disparatado. La misma confusión se apodera de mí cada vez que en una película escucho la trillada frase “there are plenty of other fish in the sea”, que sería el equivalente al “ya vas a encontrar a otro” que repite mi abuela cada vez que termino con alguien. Y no es que me cueste entender el paralelismo entre pescados y hombres; el problema radica en que nadie se pone a pensar por qué esos peces andan nadando tan libremente. ¿Qué razones esconden para que después de pescados alguien decida devolverlos al mar?

Es todo un enigma que he intentado develar. Porque hombres hay y muchos: solo hace falta comprometerse con uno para empezar a ver cuántos otros hay. Pero luego de un detenido análisis encontré que el 99% de los solteros que andan en la vuelta pertenece a una de estas cinco categorías, de las cuales hay que huir. Y cuando digo huir estoy diciendo correr. Correr como en una maratón, correr como en los cien metros llanos, sin mirar atrás, sin tropezarte, sin parar hasta haber pasado la meta y estar bien bien lejos del alcance del pez.

1. Los gays

Sí, es un lugar común eso de que son todos gays. Pero no estamos hablando de los abiertamente declarados sino de aquellos que todavía no han salido del clóset porque ni siquiera se enteraron de que están dentro de uno. Los típicos que reniegan de su condición hablando de culos y tetas como si realmente les saliera bien hacerlo. Es que, en realidad, son tentadores: les gusta ir de compras, no se pasan el día entero mirando fútbol, se dan cuenta cuando te ponés un vestido nuevo, cambiás de perfume o vas a la peluquería. Pero no nos dejemos engatusar por su porte de seductores porque, en definitiva, no lo son. Por lo menos no con nosotras. Pero sí van a poner su seduction mode on cuando en un restaurante los atienda un mozo lindo, simpático, culto y gracioso y que, oh casualidad, también sea soltero. 

2. Los cliché andantes y su miedo al compromiso

A diferencia de lo que nos enseña Hollywood sobre esta especie, es inútil intentar cambiarlos, amaestrarlos o domesticarlos. Sería más fácil entrenar a una ballena blanca para que baile como Shakira. La ventaja es que son fáciles de reconocer: odian las frases que empiezan con “nosotros”, entran en pánico cuando los agregan a los números amigos del celular y si una chica lleva su cepillo de dientes para pasar la noche, no la vuelven a llamar.

Necesito más espacio

Necesito más espacio.

Por lo general, estos comportamientos tienen su origen en algún trauma infantil. No te sorprendas si te cuenta que casi se ahogó cuando tenía 5 años o que la mamá le ataba muy fuerte la bufanda. La consecuencia natural es un miedo irracional a la asfixia y el síntoma más claro es el ataque de pánico en ascensores. Como secuela, esta especie en aumento nunca dejará de necesitar sus tiempos y sus espacios; y ni una larga temporada en la Estación Orbital Internacional podrá cambiar eso.

3. Los monógamos seriales

Fans de los finales felices, apasionados por las comedias con Jennifer Aniston y Katherine Heigl, adictos a hacerle gancho a los amigos y grandes entusiastas de las citas a ciegas: los monógamos seriales siempre están en pareja  y no conocen una forma de unión que no incluya la convivencia, las navidades de a dos y los domingos en casa de los suegros. En su baño siempre se podrán encontrar tampones y cremas anti-frizz porque, aunque la dueña de estos productos no lo frecuente más, ya llegará otra que podrá darles buen uso. Si bien todo esto puede sonar simpático, debés tener mucho cuidado: los monógamos seriales siempre están al acecho de su próxima víctima. Su perfeccionismo los mantiene en una búsqueda incansable de una versión mejorada de su pareja actual, con la que –finalmente– encontrarán el equilibrio que les permita terminar su búsqueda. Predeciblemente, esto nunca sucederá. Muy pronto, tu foto desaparecerá de su portarretratos para dejar lugar a la siguiente presa, y así sucesivamente. Sin escalas.

4. Los hiper-ultra-needy

Llaman cada cinco minutos, se quedan a dormir en tu casa todas las noches, te preguntan qué te pasa cada vez que suspirás, necesitan que respondas a cada “te quiero” con un “yo también” y a cada “te amo” con un “yo más”. Al principio les cuesta lidiar con que te vayas de vacaciones unos días con tus amigas y con que cada tanto quieras pasar un fin de semana sola con tu familia. Pero pronto estos inconvenientes se volverán más serios y les costará aceptar que trabajes nueve horas por día, que no contestes a los llamados si estás en el baño y que no te hagas un tiempo para acompañarlos a cada cita con el dentista, el médico o el psicólogo. La buena noticia es que hacen terapia, la mala es que después de estar con ellos vos también la necesitarás.

5. Los que sueñan con el harén

El sueño de muchos occidentales y orientales por igual.

Este espécimen no solo no tiene miedo al compromiso, sino que se compromete con varias. Esto le genera preocupaciones múltiples en su afán por ocultar a unas de otras. Poco a poco se va volviendo paranoico y comienza a identificar cámaras ocultas en cada bar a los que lleva a sus chicas. Le cuesta recordar con qué celular debe hablar con cada una de ellas y qué mentiras había utilizado la semana anterior. Para poder mantener sus relaciones paralelas durante el mayor tiempo posible, este individuo estudia diferentes carreras en universidades distintas. A su vez, tiene tantos apodos como grupos de amigos y perfiles de red social, en los que NUNCA pondrá una foto de su cara. Por eso, su profesión suele ser la de community manager, su sueño convertirse al islamismo y su serie favorita Big Love.

Quedan advertidas.

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