La sociedad del estómago culpable*

Comer o vomitar, esa es la cuestión. Estamos pendientes del efecto que cada cosa que llevamos a la boca tiene sobre nuestro cuerpo, estado de ánimo, aura y la suerte en la quiniela. Por eso medimos el mundo por las contraindicaciones, las gráficas al reverso del mantel de McDonald’s, las publicidades de cero por ciento, las recetas mágicas, o la sustitución de la carne por el seitán. Pero también podemos medirlo por esos momentos impagables en que una honesta bolsa de papitas no oculta lo inflada de nada que está. Esos momentos en que nuestro estómago sonríe sin culpa y le da la bienvenida al alimento megaprocesado, mientras que nuestra conciencia nos reprime con un cilicio macrobiótico.

Por todo esto, lo que comemos ha dejado de ser un detalle más de nuestra rutina diaria para modelar nuestra personalidad. Con personas que llegan a mimetizarse con su comida favorita, “somos lo que comemos” nunca fue tan literal. Los grupos de amigos dejaron de tener un nerd, una rubia tonta, un gay y una hippie que sabe de feng shui, para tener un celíaco, un diabético, un vegetariano y uno de cada uno de los siguientes:

El chatarra

Todos conocemos uno. No importa que sea gordo o flaco, saludable o de piel verde azulada, atlético o con menos cintura que un alfajor; lo que define a este individuo es su amor incondicional por los condimentos gratuitos que vienen con la hamburguesa, la cobertura en símil chocolate y todo lo que salga de una freidora.

En sus poros se respira la frustración por ser un White Trash a medias. Maldice la distancia geográfica que le impide pasarse por completo al lado oscuro de las grasas saturadas o, mejor dicho, al lado plateado de la bolsa de Doritos.

Sin embargo, se las arregla deambulando por los restaurantes de comida chatarra y los carritos de chorizo, impregnándose de su distintivo aroma a fritanga y cenicero. Este White-Trash-Wannabe nunca se cansa de tirar frases en inglés como “god, I’m high” o “christ, I’m late”, ni de soñar con tocarle una teta a Pamela Anderson o, por lo menos, a Claudia Fernández, y materializaciones humanas de sus alimentos favoritos.

La mujer ideal del chatarra

El foodie

Fanático del canal gourmet, groupie de Anthony Bourdain y violador en potencia de Francis Mallmann, el foodie es un Sherlock Holmes en incansable búsqueda de ingredientes imposibles de conseguir en una feria de barrio común y corriente, como harina de pescado o maíz de almidón en flor. Este individuo experimenta el máximo deleite cuando saborea la parte de los animales que por lo general tiramos a la basura, siempre y cuando aparezcan en el menú a un altísimo precio como caviar y foie de gras.

Sus actividades predilectas consisten en denigrar al puré en polvo, pensar nombres para su propio programa en el canal gourmet e inventar que es italiano. Su palabra favorita es “maridaje”y tiene claro que en su velorio se servirán cenizas a la provenzal.

Ser escultor es requisito en ciertos círculos foodies

El vegano aleccionador

Cruza entre político en campaña y testigo de Jehová, el vegano aleccionador no descansará hasta convertir a su credo a todos los que lo rodean. Su técnica de caza consiste en capturarte en tus momentos de mayor vulnerabilidad. Mientras sacás del tupper un refuercito de jamón y queso, el vegano del escritorio de al lado va a describirte el proceso mediante el cual se sacrifican los cerdos y narrarte con lujo de detalles la esclavitud de las vacas lecheras que son alejadas de sus familias para trabajar en vez de ir a la escuelaTodo para que vos puedas comerte esas fetas de mortadela y queso sándwich.

remera vegana

Los veganos con músculos, aunque escasos, son los más peligrosos

¿Todavía tenés hambre? No termina ahí. También te alertará sobre tu mascota proveniente de un criadero, tus botas de cuero y hasta las galletitas que tenés en la alacena y que contienen grasa animal. Después de interactuar con un vegano aleccionador, nuestros niveles de culpa suelen arrastrarnos a comer pastito y alpiste por una semana y a adoptar un par de gatitos callejeros.

Tarde o temprano, tanta propaganda termina por alejarlo de sus amigos más humanos. Pero a él no le importa. Él ha aprendido el melifluo lenguaje de los pájaros y comparte la leche con el gato. Hace un par de días lo picó una araña y se enamoró.

El rompebolas recibido

El celíaco diabético intolerante a la lactosa que además es vegano y que no come alimentos cocidos, pertenece a una era en la que el hombre era recolector y todavía no había descubierto el fuego. Solo una máquina del tiempo podría ayudarlo. Y ni siquiera eso, porque no le va vestirse con pieles. Su fijación con la autocensura alimenticia es síntoma de una vida carente de dificultades y una necesidad imperiosa de complicarse con boludeces. A este ser directamente no se lo puede invitar a comer (y mucho menos a coger).Así que tené cuidado. No te le acerques. Que no pase de amigo de chat.

*Publicado originalmente en Jota #7

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